Nana

Nana

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Nana le miraba fijamente con sus ojos claros, la barbilla sobre la mano y un pliegue irónico en los labios.

—Así que soy una desvergonzada —repuso ella con lentitud—. Habrá que arrancar al futuro suegro de mis garras… Pues por muy inteligente que te creas, eres un solemne idiota. Le vas con chismorreos a un hombre que me adora y que me lo cuenta. Mira, tú te casarás si yo quiero.

Desde hacía un instante él lo veía todo claramente, y planeó una especie de sumisión. No obstante, continuaba bromeando, sin querer que el asunto tomase un cariz serio, y después de ponerse los guantes le pidió, con los debidos modales, la mano de la señorita Estelle de Beauville.

Nana acabó por reírse como si le hicieran cosquillas. ¡Oh, este Mimí! No había manera de guardarle rencor.

Los grandes éxitos de Daguenet con las damas se debían a la dulzura de su voz, una voz de una pureza y una flexibilidad musicales, que le valieron el apodo de Boca de Terciopelo entre las mujeres. Todas cedían ante la caricia sonora en que las envolvía. Él sabía esa fuerza y adormeció a Nana con un arrullo sin fin de palabras, contándole historias imbéciles.

Cuando dejaron la mesa, ella estaba muy sonrosada, vibrante en su brazo y reconquistada.


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