Nana
Nana Nana tuvo un aventura cierta noche que, abandonada por aquella perra, se fue a cenar a la calle Martyrs sin lograr ponerle la mano encima. Mientras comía sola, apareció Daguenet; aunque ya se había situado, a veces acudía aguijoneado por una necesidad de vicio, esperando no ser reconocido en aquellos oscuros rincones de las basuras de París. Pero la presencia de Nana pareció contrariarle al principio, y como no era de los hombres que se baten en retirada, avanzó hacia ella con una sonrisa.
Preguntó si la señora le permitía cenar en su mesa. Nana, al verle bromear, adoptó un gesto de frialdad y respondió secamente:
—Siéntese donde le plazca, señor. Estamos en un local público.
Empezada en este tono, la conversación resultó divertida, pero, a los postres, Nana, fastidiada y deseosa de triunfar, puso los codos sobre la mesa, y luego volvió a tutearle:
—¿Sigue adelante tu matrimonio, querido?
—No mucho —confesó Daguenet.
En efecto, cuando iba a hacer su petición en casa de los Muffat, notó tal frialdad por parte del conde que juzgó más prudente abstenerse. Aquello le parecía un negocio fracasado.