Nana

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Lo que no era verdad, lo desmentía; así pues, como él acababa de ver, se indignó en lo referente a Vandeuvres y a los hermanos Hugon. ¡Ah! entonces, sí, hubiese tenido motivos para estrangularla. ¿Pero por qué mentir en una cosa sin consecuencias? Y repetía su frase:

—A ver, ¿en qué te perjudica esto?

Luego, como continuase la escena, la cortó de repente con voz brusca:

—Además, querido, si esto no te conviene, es muy sencillo… Las puertas están abiertas… ¿Entiendes? Hay que tomarme tal como soy.

Y el conde bajó la cabeza. En el fondo se sentía dichoso con sus juramentos. Y ella, viendo su poderío, empezó a no hacerle más caso. Desde entonces Satin quedó instalada en la casa abiertamente, con el mismo miramiento que los señores. Vandeuvres no había necesitado anónimos para comprender, bromeaba y buscaba escenas de celos con Satin, mientras Philippe y Georges la trataban como camaradas, con apretones de mano y chistes muy escabrosos.


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