Nana
Nana Desde hacía algún tiempo el conde Muffat parecía preocupado. Una mañana, sumamente conmovido, puso ante los ojos de Nana un anónimo en el que, desde las primeras líneas, se la acusaba de engañar al conde con Vandeuvres y con los hermanos Hugon.
—¡Esto es falso, falso! —rugió ella enérgicamente y con un acento de extraordinaria franqueza.
—¿Lo juras? —preguntó Muffat, ya aliviado.
—¡Por lo que tú quieras…! Por la salud de mi hijo.
Pero la carta era larga. A continuación seguía la descripción de sus relaciones con Satin, en términos de una crudeza canalla.
Cuando concluyó la lectura, Nana sonrió.
—Ahora ya sé de dónde viene —dijo simplemente.
Y como Muffat quería un mentís, ella repuso con tranquilidad.
—Eso, lobo mío, es una cosa que no te debe preocupar… ¿Qué perjuicio puede causarte?
Ella no negó nada, y él tuvo palabras de rebelión. Entonces Nana se encogió de hombros. ¿De dónde salía? Aquello se hacía en todas partes, y citó a sus amigas, jurando que hasta las damas más decentes lo eran. Oyéndola, se habría dicho que no había nada más común ni natural en el mundo.