Nana
Nana Hablaba de abofetear a la señora Robert, y un día hasta soñó con un duelo, porque una de las dos sobraba. Ahora, cuando cenaba en Casa Laure, se ponía sus diamantes, y a veces llevaba a Louise Violaine, a María Blond y a Tatán Néné, todas resplandecientes, y en la podredumbre de los tres comedores, bajo el gas amarillento, aquellas mujeres encanallaban su lujo, felices por asombrar a las mujerzuelas del barrio, que se llevaban al levantarse de la mesa.
En esos días, Laure, encorsetada y reluciente, besaba a sus clientes con aire de la más amplia maternidad.
Satin, sin embargo, conservaba su tranquilidad en medio de tantas historias, con sus ojos azules y su puro rostro de virgen; mordida, golpeada y arrastrada entre las dos mujeres, se limitaba a decir que aquello era necio, y que sería mejor que se entendiesen entre ellas. No conducía a nada que la abofetearan; ella no podía dividirse en dos, a pesar de su buena voluntad por ser gentil con todo el mundo.
Por fin, fue Nana quien se la llevó a fuerza de colmar a Satin de ternuras y regalos, y, para vengarse, la señora Robert escribió abominables anónimos a los amantes de su rival.