Nana

Nana

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Por la tarde, cuando la señora se encerró, Zoé la oyó sollozar. Al anochecer, bruscamente pidió su coche y se hizo conducir a Casa Laure. Se le había ocurrido que encontraría a Satin en una mesa del fonducho de la calle Martyrs. Y no era por volver a verla, sino para señalarle la mano en la cara. Y en efecto, Satin cenaba con la señora Robert. Al ver a Nana se echó a reír, y Nana, herida en el corazón, no armó jaleo, sino que, por el contrario, se mostró muy dulce y muy tierna. Pagó champaña, emborrachó a los comensales de cinco o seis mesas y se llevó a Satin cuando la señora Robert estaba en los lavabos. Sólo cuando estuvieron en el coche la mordió y la amenazó con matarla si repetía la jugada.

Desde entonces la misma jugada se repitió continuamente. Más de veinte veces, trágica en sus furores de mujer engañada, Nana corrió en busca de aquella bribona, que se escapaba por capricho, aburrida de vivir bien en el hotel.







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