Nana
Nana Y empezaron las tardes de ternura entre las dos mujeres, con palabras cariñosas y besos cortados por las risas. Era el jueguecito que interrumpió la llegada de los policías en la calle de Laval, y ahora volvía a empezarse en un tono festivo. Luego, una hermosa tarde, el mundo se puso serio. Nana, tan asqueada en Casa Laure, lo comprendía ahora. Quedó trastornada, rabiosa; sobre todo cuando, precisamente la mañana del cuarto día, Satin desapareció. Nadie la había visto salir. Se largó con su ropa nueva, impulsada por una necesidad de aire y sintiendo la nostalgia de sus trotes.
Aquel día hubo una tempestad tan ruda en el hotel que todos los criados bajaban la cabeza, sin decir una palabra. Nana estuvo a punto de abofetear a François, que no la había detenido en la puerta. No obstante, procuraba contenerse y trataba a Satin de indigna y desagradecida; aquello la enseñaría a no recoger basuras del arroyo.