Nana
Nana Los paseantes volvieron la cabeza, y se quedaron mirando. Satin se habÃa acercado, rozando las ruedas del carruaje, ensuciándose más.
—Sube, querida —dijo Nana tranquila, burlándose de la gente.
La recogió y se la llevó, aún asquerosa, en su landó azul claro, al lado de su vestido de seda gris perla, con encajes, mientras toda la calle sonreÃa ante la rÃgida dignidad del cochero.
Desde entonces Nana tuvo una pasión en que ocuparse. Satin fue su vicio.
Instalada en el hotel de la avenida de Villiers, limpia y bien vestida, estuvo refiriendo durante tres dÃas lo que era Saint-Lazare, y los fastidios sufridos con las hermanas, y aquellos cochinos policÃas que la inscribieron en el registro. Nana se indignaba, la consolaba y juraba sacarla de allá, aun cuando tuviese que verse con el ministro. Entretanto, no tenÃa por qué apurarse, nadie irÃa a buscarla a su casa.