Nana
Nana Los días en que no se ocupaba del niño, Nana volvía a caer en la monotonía ruidosa de su existencia: paseos por el Bosque, estrenos teatrales, comidas y cenas en la Maison-d’Or o en el café Anglais; luego todos los lugares públicos, todos los espectáculos donde se hacinaba la multitud: Mabille, las revistas, las carreras… Sin embargo, no lograba evadirse de aquel círculo de ociosidad estúpida que le producía como calambres en el estómago.
A pesar de los continuos caprichos que se le ocurrían, al quedar sola estiraba los brazos en un gesto de inmensa fatiga. La soledad la desconsolaba inmediatamente, porque se encontraba con el vacío y con el aburrimiento de sí misma.
Muy jovial por oficio y por naturaleza, se volvía entonces lúgubre, resumiendo su vida en este grito, que reaparecía sin cesar entre dos bostezos: ¡Oh, cómo me aburren los hombres!
Una tarde, al regresar de un concierto, Nana vio en una de las aceras de Montmartre a una mujer que callejeaba, con los botines gastados, las faldas sucias y un sombrero destrozado por las lluvias. En el acto la reconoció.
—Pare, Charles —ordenó al cochero.
Y se puso a llamar:
—¡Satin, Satin!