Nana
Nana Desde que su sobrina vivía en la grandeza, la señora Lerat reventaba de vanidad. Raras veces se presentaba en la avenida de Villiers, pretextando que allí no se encontraba su sitio, pero triunfaba en su calle, dichosa cuando la joven aparecía con sus vestidos de cuatro y cinco mil francos, empleando el día siguiente en enseñar sus regalos y dar cifras que dejaban estupefactas a sus vecinas.
Frecuentemente Nana reservaba sus domingos para la familia, y en esos días, cuando Muffat la invitaba, se negaba con la sonrisa de una burguesita; no era posible, comía en casa de su tía y tenía que ver a su pequeño. A todo esto el pobre Louiset seguía siempre enfermizo. Iba a cumplir tres años, pronto sería un hombrecito, pero había tenido un eczema en la nuca y ahora se le formaban depósitos en las orejas, lo que hacía temer una caries de los huesos del cráneo. Cuando Nana lo veía tan pálido, la sangre viciada, con su carne blanducha manchada de amarillo, se entristecía, y sobre todo se quedaba muy sorprendida. ¿Qué podía tener aquel primor para estropearse de aquella manera? Ella, su madre, gozaba de tan buena salud…