Nana
Nana Para almorzar, como detestaba comer sola, casi siempre tenía a la señora Maloir, que llegaba por la mañana, desconocida con sus extravagantes sombreros, y se volvía por la tarde a aquel misterio de su vida, de la que nadie, por otra parte, se preocupaba. Pero el momento más duro eran las dos o tres horas que mediaban entre el almuerzo y su arreglo.
Por lo general proponía jugar una báciga a su vieja amiga; a veces leía Le Fígaro, en el que los ecos teatrales y las noticias de sociedad le interesaban mucho; incluso llegaba a abrir algún libro, porque se consideraba aficionada a la literatura. Arreglarse la tenía ocupada hasta cerca de las cinco.
Sólo entonces se despertaba de su larga somnolencia, saliendo en coche o recibiendo en su casa a una pandilla de hombres; cenaba frecuentemente en la ciudad, se acostaba muy tarde y se levantaba al día siguiente con la misma fatiga, para empezar el nuevo día, igual al anterior, igual a todos los demás.
Su gran distracción consistía en ir a Batignolles para ver a su Louiset en casa de su tía. Durante quince días ni siquiera pensaba en él; luego, presa de un frenesí, corría a pie, rebosándole una modestia y una ternura de buena madre que llevaba regalos de hospital: tabaco para la tía, naranjas y bizcochos para el niño, o llegaba en su landó, al regreso del Bosque, con vestidos cuyo lujo amotinaba la solitaria calle.