Nana

Nana

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La certeza de que la nutrirían, la dejaba tendida durante todo el día, sin un esfuerzo, adormilada en el fondo de aquella ociosidad y aquella sumisión de convento, como encerrada en su profesión de ramera. Al no salir más que en coche, perdía la costumbre de andar. Volvía a sus gustos de chiquilla, besaba a Bijou de la mañana a la noche, mataba el tiempo con placeres tontos, en su única espera del hombre, al que soportaba con una lasitud complaciente, y en medio de este abandono de sí misma, no se preocupaba más que de su belleza: la vida para ella era peinarse, lavarse, perfumarse de arriba abajo, con la voluptuosidad de poderse exhibir desnuda a cada momento y delante de cualquiera sin ruborizarse.

Nana se levantaba a las diez de la mañana. Bijou, su perrito escocés, la despertaba lamiéndole la cara, y entonces seguía un juego de cinco minutos, en que el perrito corría por entre sus brazos y sus muslos, ofendiendo al conde Muffat.

Bijou fue el primer personaje de quien el conde tuvo celos. No era conveniente que un animal metiese las narices de aquella manera por debajo de las sábanas.

Luego Nana pasaba a su tocador, donde tomaba un baño. Hacia las once, Francis acudía a arreglarle los cabellos, en espera del complicado peinado de la tarde.


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