Nana
Nana Muffat era el único que aún ponía cierta discreción al no acudir muy frecuentemente y guardar el tono ceremonioso de un extraño en visita. Por las noches, cuando Nana, sentada sobre las pieles de oso, en el suelo, se quitaba sus medias, el conde hablaba amistosamente de aquellos señores, sobre todo de Philippe, que era la lealtad personificada.
—Eso es cierto, son muy amables —decía Nana, siguiendo en el suelo mientras se cambiaba de camisa—. Sólo que, ¿sabes? ellos ven quién soy yo… Una palabra de más, y les abriría la puerta.
No obstante, en su lujo y en medio de aquella corte, Nana se aburría soberanamente. Tenía hombres para todos los minutos de la noche, y dinero hasta en los cajones de su tocador, entre los peines y los cepillos, pero esto no la contentaba, y sentía como un vacío en algún sitio, un agujero que la hacía bostezar. Su vida se arrastraba desocupada, volviendo siempre a las mismas horas monótonas. El mañana no existía para ella, que vivía como un pájaro, segura de comer y dispuesta a posarse sobre la primera rama que se le antojase.