Nana
Nana Una tarde en que los hermanos Hugon estaban allí, el conde Muffat apareció fuera de las horas convenidas, pero como Zoé le dijo que la señora tenía visitas, se fue sin entrar, afectando una discreción de hombre galante.
Cuando volvió aquella noche, Nana lo acogió con la fría cólera de una mujer ultrajada.
—Señor —dijo ella—, no le he dado ningún motivo para que me insulte… ¿Entiende usted? Cuando estoy en mi casa, le ruego que entre como todo el mundo.
El conde se quedó boquiabierto.
—Pero, mi querida… trató de explicar.
—¿Acaso porque tenía visitas? Sí, había hombres. ¿Qué se figura que hago con esos hombres? Se compromete a una mujer adoptando esos aires de amante discreto, y yo no quiero que me comprometan.
Obtuvo difícilmente su perdón, pero en el fondo se sentía feliz. Con escenas como ésa, Nana le tenía sumiso y convencido. Desde hacía algún tiempo le había impuesto a Georges, un mocoso que la divertía, según aseguraba ella. Le hizo cenar con Philippe, y el conde se mostró muy amable; al levantarse de la mesa, se lo llevó aparte y le pidió noticias de su madre. Desde entonces los hermanos Hugon, Vandeuvres y Muffat fueron abiertamente de la casa, y se estrechaban la mano como amigos íntimos. Era lo más cómodo.