Nana
Nana Sin duda estaba muy contento porque las cosas estaban arregladas, pues hubiera preferido la muerte a una ruptura, pero sentía una sorda angustia, un profundo dolor, que desconocía y del que no deseaba hablar. Nunca supo de qué manera Philippe tranquilizó a su madre. Tres días después, ella regresaba a las Fondettes muy satisfecha.
Aquella misma noche en casa de Nana se estremeció cuando François anunció al teniente, quien con acento jovial bromeó y le trató de tunante, a quien había protegido de una calaverada sin consecuencias. Pero él continuaba con el corazón oprimido, no atreviéndose a moverse y ruborizándose a la menor palabra, como si fuese una muchacha.
Georges había vivido poco en camaradería con su hermano, diez años mayor le consideraba igual que a un padre, al cual se ocultan las historias de mujeres. Por este motivo sentía una vergüenza llena de malestar al verle tan desenvuelto con Nana, riendo fuerte y demostrando el optimismo con que se consideraba a sí mismo. Sin embargo, como no tardó en presentarse todos los días, Georges acabó por acostumbrarse un poco. Nana estaba en la gloria. Aquello era una última instalación en pleno lodazal de la vida galante, una cadena colgada insolentemente en un hotel que reventaba de hombres y muebles.