Nana
Nana —Claro que está arreglada… ¿Qué pensabas tú? ¿CreÃas que Ãbamos a pegarnos?
Georges seguÃa sin comprender nada. Balbuceó:
—Me ha parecido oÃr… ¿Tú no has llorado?
—¿Llorar yo? —exclamó ella mirándole fijamente—. Tú sueñas. ¿Por qué quieres que haya llorado?
Entonces el muchacho se turbó cuando ella le hizo una escena por haberle desobedecido y espiar detrás de la puerta. Como ella le reñÃa, él insistió con una sumisión mimosa, deseando saber más:
—Entonces, ¿mi hermano…?
—Tu hermano ha visto en seguida dónde estaba… Ya comprenderás; yo podÃa ser una mujerzuela, y entonces su intervención se explicaba a causa de tu edad y el honor de tu familia. Yo sé lo que son esos sentimientos… Pero una mirada le ha bastado, y se ha comportado como un hombre de mundo… Asà que no te inquietes; todo ha concluido y tranquilizará a tu mamá.
Y prosiguió riendo:
—Además, verás a tu hermano por aquÃ… Lo he invitado, y vendrá.
—¿Vendrá? —dijo el pequeño palideciendo.
No añadió más y no se volvió a hablar de Philippe. Nana se vestÃa para salir y él la contemplaba con sus grandes ojos tristes.