Nana
Nana Zoé no se apresuraba. Doblaba los encajes y dijo lentamente:
—No tiene por qué… La señora arreglará esto.
Y eso fue todo; no hablaron más. Pero ella no abandonó la habitación.
Aún transcurrió un largo cuarto de hora; Zoé iba de un lado a otro sin ver la creciente exasperación del muchacho, que palidecía de contrariedad y de duda mientras miraba de reojo hacia el salón. ¿Qué podían hacer durante tanto tiempo? Tal vez Nana continuaba llorando. El otro, tan bestia, quizá la había abofeteado.
Cuando, por fin, Zoé se fue, Georges corrió a la puerta y pegó de nuevo el oído. Y se quedó asombrado, alelado, porque oía una rara jovialidad, unas voces tiernas que cuchicheaban, y risas sofocadas de mujer a quien hacen cosquillas. Luego Nana acompañó a Philippe hasta la escalera, con un cambio de palabras cordiales y familiares.
Cuando Georges se atrevió a entrar en el salón, Nana estaba frente al espejo, contemplándose.
—¿Y qué? —preguntó él, atontado.
—¿Y qué? —dijo ella sin volverse.
Después añadió con indolencia:
—¿Qué decías tú? Tu hermano es muy amable.
—Entonces, ¿está arreglada la cosa?