Nana
Nana Pero Satin, que se había mondado una pera, fue a comérsela detrás de su querida, apoyándose en sus hombros y diciéndole cosas al oído que la hacían reír ruidosamente; luego quiso que se comiera el último pedazo de pera y se lo puso en la boca, mordisqueándose los labios y acabando el cacho de pera en un beso.
Entonces hubo una protesta cómica entre los señores; Philippe les gritó que no tuvieran reparos; Vandeuvres preguntó si era necesario salir, Georges cogió a Satin por el talle y la devolvió a su sitio.
—Qué necios son —dijo Nana—. Hacen ruborizar a esa pobre muchacha… Vaya, pequeña; déjales que se burlen. Éstos son asuntos nuestros.
Y volviéndose hacia Muffat, que la miraba desconcertado, le preguntó:
—¿No es así, amigo mío?
—Sí, claro que sí —murmuró él aprobando con la cabeza.
Ya no hubo más protestas. En medio de aquellos señores, de aquellos apellidos ilustres, de aquellas viejas dignidades, las dos mujeres, frente a frente, cambiaban una mirada tierna, imponiéndose y reinando, con el tranquilo abuso de su sexo y de su desprecio del hombre. Y ellos aplaudieron.