Nana
Nana Subieron a tomar el café en el saloncito. Dos lámparas iluminaban con una claridad suave las colgaduras rosas y las chucherías en tono lacado y de oro viejo. A aquella hora de la noche, en medio de los cofrecitos, de los bronces y las porcelanas, un discreto juego de luces alumbraba una incrustación de plata o de marfil, destacando el brillo de una varilla esculpida o un panel con un reflejo sedoso. El fuego de la tarde moría en las brasas, y hacía mucho calor, un calor lánguido bajo las cortinas y las colgaduras.
En esta habitación llena de la vida íntima de Nana, en donde aparecían sus guantes, un pañuelo caído, un libro abierto…, se la encontraba medio desnuda, con su aroma a violeta, su desorden de buena muchacha y con un efecto encantador entre sus riquezas, mientras que los sillones amplios como camas y los sofás invitaban a somnolencias olvidadizas de la hora, a caricias risueñas, cuchicheadas en la oscuridad de los rincones.
Satin fue a echarse junto a la chimenea, en un sofá. Había encendido un cigarrillo, y Vandeuvres se divertía haciéndole una atroz escena de celos y amenazándola con enviar testigos si persistía en desviar a Nana de sus deberes.
Philippe y Georges se pusieron de su parte, y la molestaban y la pellizcaban tan fuerte que al fin ella gritó: