Nana
Nana —Querida, querida, haz que se estén quietos. Aún los tengo encima.
—Vamos, déjenla —dijo Nana seriamente—. No quiero que la atormenten, ya lo saben. Y tú, gatito mÃo, ¿por qué te metes siempre con ellos, si sabes que son tan poco juiciosos?
Satin, roja como la grana y sacando la lengua, se dirigió al tocador, cuya puerta abierta dejaba ver la palidez de los mármoles, iluminados por una claridad lechosa de un globo deslustrado en el que ardÃa un mechero de gas.
Entonces Nana conversó con los cuatro hombres, como agradable dueña de la casa. HabÃa leÃdo aquella mañana una novela que hizo mucho ruido. Era la historia de una prostituta, y se revolvÃa diciendo que todo aquello era falso, indignada contra aquella inmunda literatura que pretendÃa describir la naturaleza, ¡como si se pudiese mostrar todo! Como si una novela no fuese escrita para pasar un rato agradable.
En cuestión de libros y de dramas, Nana tenÃa una opinión muy concreta: querÃa obras tiernas y nobles, cosas para hacer soñar y que elevasen el alma.