Nana
Nana Luego la conversación recayó sobre los disturbios que agitaban París, los artículos incendiarios y los brotes de motines como consecuencia de los llamamientos a filas, lanzados cada noche en las reuniones públicas, y se enfureció contra los republicanos. ¿Qué querían, pues, esas sucias gentes que no se lavaban nunca? ¿Es que no eran felices? ¿Acaso el Emperador no lo había hecho todo por el pueblo? ¡Bonita basura el pueblo! Ella lo conocía y podía hablar, y olvidando el respeto que acababa de exigir a sus amigos para su mundillo de la calle de la Goutte-d’Or, empezó a despotricar contra los suyos, con ascos y miedos de mujer encumbrada.
Precisamente aquel día había leído en Le Fígaro la reseña de una sesión pública, muy graciosa, y aún se reía al recordar el argot con que se expresó un redomado borracho, al que hubo que expulsar.
—¡Uf, esos borrachos! —dijo con repugnancia—. Convénzanse que sería una gran desgracia para todo el mundo esa república. Que Dios nos conserve al Emperador durante el mayor tiempo posible.
—Dios la oirá, querida —respondió gravemente Muffat—. El Emperador está seguro.
Le complacía mucho verla con tan buenos sentimientos. Los dos se entendían en política. Vandeuvres y el capitán Hugon tampoco agotaban sus bromas contra los «granujas», unos charlatanes que salían corriendo en cuanto veían una bayoneta.