Nana

Nana

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Durante la velada, Georges estuvo callado y con gesto sombrĂ­o.

—¿Qué le pasa al bebé? —preguntó Nana, al darse cuenta de su actitud.

—No me pasa nada; escucho.

Pero sufría. Al levantarse de la mesa había visto bromear a Philippe con Nana, y ahora era Philippe, y no él, quien estaba al lado de ella. Sentía que el pecho le estallaba, sin que supiese por qué. No podía soportar que estuviesen juntos, y le asaltaban unas intenciones tan viles que se avergonzaba en medio de su angustia. Él, que se reía de Satin, que había aceptado a Steiner y luego a Muffat, y después a tantos otros, se indignaba y enrojecía de ira ante el solo pensamiento de que Philippe pudiese tocar un día a aquella mujer.

—Toma, coge a Bijou —dijo ella para consolarle, pasándole el perrito que dormía en su falda.

Y Georges se alegrĂł en seguida al tener algo de ella, aquel animalito en sus rodillas.

La conversación había recaído sobre una considerable pérdida sufrida por Vandeuvres, la víspera, en el Círculo Imperial. Muffat, que no era jugador, se asombraba. Pero Vandeuvres sonreía y habló de su próxima ruina, de la que todo París ya hablaba. Poco importaba la clase de muerte; lo esencial era saber morir.


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