Nana

Nana

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Desde hacía algún tiempo Nana le veía nervioso, con un pliegue extraño en la boca y vacilantes fulgores en el fondo de sus ojos claros. Conservaba su altivez aristocrática, la fina elegancia de su raza empobrecida, pero la cosa todavía no pasaba de un breve y momentáneo vértigo royendo aquel cráneo, agotado por el juego y las mujeres.

Cierta noche, acostado con ella, la aterró contándole una historia atroz: soñaba con encerrarse en su cuadra y hacerse quemar con sus caballos, cuando se lo hubiese comido todo. Su única esperanza en aquellos momentos era un caballo, «Lusignan», que preparaba para el Gran Premio de París. Vivía a costa de este caballo, que sostenía su desmoronado crédito. A cada exigencia de Nana, la remitía al mes de junio, si «Lusignan» ganaba.

—Bah… —dijo ella bromeando—. Puede permitirse perder, porque los va a barrer a todos en las carreras.

Él contestó con una leve y misteriosa sonrisa. Luego añadió:

—A propósito, me he permitido poner su nombre a mi potranca… «Nana», suena bien. ¿No le molesta?

—¿Molestarme? ¿Por qué? —dijo ella, encantada en el fondo.


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