Nana

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La conversación continuaba, y se habló de una próxima ejecución capital, a la que Nana deseaba asistir. De pronto apareció Satin en la puerta del gabinete, llamándola en un tono de súplica. Nana se levantó inmediatamente, dejó a aquellos señores cómodamente sentados, acabando sus cigarros y discutiendo una cuestión grave: la responsabilidad de un homicida atacado de alcoholismo crónico.

Zoé, en el tocador, estaba derrumbada en una silla y lloraba a lágrima viva, mientras Satin trataba inútilmente de consolarla.

—¿Qué pasa? —preguntó Nana sorprendida.

—Háblale, querida —dijo Satin—. Hace veinte minutos que me empeño en hacerla entrar en razón. Llora porque la has llamado pava.

—Sí, señora. Eso es muy duro… muy duro —tartamudeó Zoé estrangulada por una nueva crisis de sollozos.

El espectáculo emocionó a Nana. Le dedicó afectuosas palabras, pero como Zoé no se calmaba, se acurrucó ante ella, la tomó de la cintura y con efusiva familiaridad le dijo:

—Vamos, tonta; he dicho pava como he podido decir otra cosa, qué sé yo. Estaba furiosa… Ya sé que he hecho mal. Vamos, cálmate.


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