Nana

Nana

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—Yo, que quiero tanto a la señora… —balbuceó Zoé—. Después de todo lo que he hecho por la señora…

Entonces Nana abrazó a la doncella. Luego, queriendo demostrar que no estaba enfadada, le regaló una bata que sólo se había puesto tres veces. Sus disputas siempre acababan con regalos. Zoé se tapaba los ojos con el pañuelo. Ya se llevaba la bata, cuando añadió que en la cocina estaban muy tristes, que Julien y François no habían comido nada, que la cólera de la señora les había quitado el apetito. Entonces Nana les mandó un luis como prueba de reconciliación. La tristeza en torno suyo la hacía sufrir demasiado.

Nana volvía al salón, dichosa por haber arreglado aquella riña que la inquietaba para el día siguiente, cuando Satin le habló con viveza al oído. Se quejaba y amenazaba con marcharse si aquellos hombres continuaban burlándose de ella, y exigía que su querida los pusiese en la puerta aquella misma noche. Esto les enseñaría. Además, sería tan agradable quedarse solas las dos. Nana reflexionó y le dijo que aquello no era posible. Entonces Satin la amenazó como una niña colérica e impuso su autoridad.

—¡Lo quiero!, ¿entiendes? Despídelos o soy yo quien se irá.


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