Nana

Nana

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Y volvió al salón, yendo a echarse en un diván apartado, junto a la ventana, silenciosa y como muerta, fijos sus grandes ojos en Nana y esperando.

Aquellos señores se habían puesto de acuerdo contra las nuevas teorías criminales; con aquella hermosa invención de la irresponsabilidad en ciertos casos patológicos, ya no había criminales, sino enfermos. Nana, que asentía con movimientos de cabeza, esperaba despedir de esta manera al conde. Los demás ya iban a salir, pero seguramente que él se obstinaría. En efecto, cuando Philippe se levantó para marcharse, Georges le siguió inmediatamente, pues su única inquietud era dejar a su hermano detrás de él. Vandeuvres aún permaneció algunos minutos; tanteaba el terreno y esperaba saber si por casualidad algún asunto obligaría a Muffat a cederle el sitio; luego, cuando le vio instalarse cómodamente para toda la noche, no insistió y se despidió como hombre de tacto, pero cuando se dirigía a la puerta descubrió a Satin con su mirada fija, y, comprendiendo sin duda la situación, se rió, se acercó a ella y le dio un apretón de manos.

—Supongo que no estaremos enfadados —murmuró—. Perdóname. Eres la más elegante, palabra de honor.


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