Nana

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Satin desdeñó responderle. No apartaba los ojos de Nana y del conde, que se habían quedado solos. No recatándose ya, Muffat se había sentado cerca de Nana, le cogía los dedos y se los besaba. Entonces ella, buscando una transición, preguntó si su hija Estelle se encontraba mejor. El día anterior él se había quejado de la tristeza de aquella muchacha; no podía vivir un día feliz en su casa, con su mujer siempre fuera y su hija encerrada en un silencio glacial.

Nana, respecto a estos asuntos de familia, siempre daba muy buenos consejos. Y como Muffat se abandonaba, la carne y el espíritu sosegados, reanudó sus lamentaciones.

—¿Y si la casases? —dijo Nana, acordándose de la promesa que había hecho.

Inmediatamente se atrevió a hablar de Daguenet. El conde, al oír este nombre, se indignó. Jamás, después de lo que le había contado.

Ella fingió asombro, luego se echó a reír, y cogiéndole por el cuello exclamó:

—¡Oh, el celoso! ¿Es posible? Sé un poco razonable. Te había hablado muy mal de mí y yo estaba furiosa… Pero ahora me duele mucho.

Por encima del hombro de Muffat se encontraba con la mirada de Satin. Inquieta entonces, le soltó y continuó gravemente:


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