Nana
Nana —Amigo mÃo, es necesario ese matrimonio; no quiero impedir la felicidad de tu hija. Ese joven está muy bien y no encontrarás otro mejor.
Y se extendió en un elogio extraordinario de Daguenet. El conde habÃa vuelto a cogerle las manos; no decÃa que no, ya verÃa, lo hablarÃan… Luego, como hablase de acostarse, ella bajó la voz y dio sus razones. Imposible, estaba indispuesta; si la amaba un poco, no insistirÃa.
No obstante, Muffat se obstinaba, negándose a irse, y ella cedÃa, pero otra vez se encontró con la mirada de Satin. Entonces fue inflexible. No, no podÃa ser. El conde, muy conmovido y con aire molesto, se levantó para buscar su sombrero. Una vez en la puerta, se acordó del aderezo de zafiros, cuyo estuche notó en el bolsillo; querÃa esconderlo en el fondo de la cama para que ella lo encontrase entre sus piernas, al acostarse antes que él; una sorpresa de chico grandullón que meditaba desde la comida. Y en su angustia, en su turbación al verse despedido de aquella manera, le entregó bruscamente el estuche.
—¿Qué es esto? —preguntó ella—. ¡Anda, son zafiros! Ah, sÃ, el aderezo. ¡Qué amable eres! Dime, querido, ¿crees que es el mismo? En el escaparate hacÃa más efecto.