Nana
Nana Ése fue todo su agradecimiento, y le dejó irse. Él acababa de ver a Satin, sentada en su silenciosa espera. Entonces contempló a las dos mujeres, y ya no insistió; se sometió y salió. Y aún no había cerrado la puerta del vestíbulo cuando Satin, cogiendo a Nana por la cintura, empezó a cantar y bailar.
Luego, corriendo a la ventana, exclamó:
—A ver qué cara pone en la calle.
A la sombra de las cortinas, las dos mujeres se apoyaron en la barandilla de hierro forjado. Daba la una. La avenida de Villiers, desierta, se alargaba entre la doble fila de mecheros de gas, hasta el fondo de aquella noche húmeda de marzo, que barrían fuertes ráfagas de viento y de lluvia.
En los solares se sucedían los charcos, brillando el agua entre la neblina, y las viviendas en construcción erguían sus andamiajes bajo el cielo negro. Nana y Satin rieron como locas al ver la espalda redonda de Muffat, que seguía a lo largo de la acera mojada, con el reflejo desconsolado de su sombra, a través de aquella planicie glacial y vacía del nuevo París.
Pero Nana le impuso silencio a Satin.
—Cuidado, los vigilantes.