Nana
Nana Entonces ahogaron sus risas, mirando con un miedo sordo al otro lado de la avenida a dos figuras negras que caminaban con paso cadencioso. Nana, en medio de su lujo, en medio de su reinado de mujer obedecida, aún conservaba su terror por la policía; no quería oír hablar de ella, ni de la muerte.
Sentía un agudo malestar cuando un agente levantaba la vista hacia sus ventanas. Nunca se podía estar tranquila con esas gentes. Podrían tomarlas por dos prostitutas si las oían reír a aquellas horas de la noche.
Satin se había apretado a Nana, en un ligero estremecimiento. No obstante, siguieron interesadas en la aproximación de una linterna que danzaba por en medio de los charcos de la calzada. Era una vieja trapera que huroneaba en el arroyo. Satin la reconoció.
—Toma —exclamó—, la reina Pomaré con su capacho de mimbre.
Y mientras el viento y la lluvia les azotaba la cara, relató a su querida la historia de la reina Pomaré. Una mujer soberbia en otros tiempos, que encandilaba a todo París con su belleza; a los hombres los trataba como bestias domesticables y grandes personajes lloraban en su escalera. Ahora se emborrachaba, y las mujeres del barrio, para reírse un poco, la hacían beber ajenjo, y en la calle los pilluelos la perseguían a pedradas. Una verdadera calamidad, una reina caída en el fango.
Nana la escuchaba fríamente.