Nana

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—Ahora verás —dijo Satin.

Silbó como un hombre. La trapera, que estaba debajo de su ventana, levantó la cabeza y se la vio a la luz amarillenta de su linterna. Con aquel capacho de andrajos, con su raído pañuelo, mostró una cara azulada y arrugada, con el agujero desdentado de la boca y los ojos inflamados. Nana, ante aquella espantosa vejez de prostituta ahogada en vino, tuvo un repentino recuerdo: vio pasar en el fondo de las tinieblas la visión de Charmont, aquella Irma d’Anglars, aquella antigua buscona colmada de años y de honores, subiendo la escalinata de su castillo en medio de un pueblo prosternado.

Entonces, como Satin aún continuaba silbando, riéndose de la anciana que no podía verla, murmuró con voz alterada:

—Acaba ya. Vienen los municipales. Entremos pronto, gatita mía.

Los pasos cadenciosos se aproximaron nuevamente. Las dos amigas cerraron la ventana. Nana, al volverse, temblorosa y con los cabellos mojados, permaneció un instante sobrecogida ante su salón, como si lo hubiese olvidado y entrase en un lugar desconocido. Sentía un aire tan tibio y tan perfumado que lo aspiraba como una sorpresa feliz.


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