Nana

Nana

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Las riquezas amontonadas, los muebles antiguos, las telas de seda y oro, los marfiles y los bronces dormitaban en medio de la luz rosada de las lámparas, mientras que de todo el hotel silencioso ascendía la plena sensación de un gran lujo, la solemnidad de los salones de recepción, la amplitud confortable del comedor, el recogimiento de la amplia escalera, con la blancura de las alfombras y de los asientos. Aquello era un alargamiento brusco de sí misma, de sus necesidades de dominio y de gozo, de su deseo de poseerlo todo para destruirlo todo.

Amás había sentido tan profundamente la fuerza de su sexo. Paseó una lenta mirada y dijo con acento de grave filosofía:

—Muy bien. Ésa es una hermosa razón para aprovecharse cuando se es joven.

Pero ya Satin, sobre las pieles de oso del dormitorio, se revolcaba y la llamaba.

—Ven pronto; ven en seguida.

Nana se desvistió en el tocador. Para ir más rápida, se había cogido con las manos su espesa cabellera rubia y la sacudía por encima de la palangana de plata, mientras una granizada de largas horquillas caía, sonando como un carillón sobre el metal claro.


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