Nana
Nana —Queda entendido, ¿no? Iremos a su casa y se la presentaré. Ya sabe, esto queda entre nosotros; mi mujer no tiene por qué saber nada.
De vuelta a sus sitios, Fauchery y Héctor descubrieron en los segundos palcos a una bonita mujer vestida con modestia. La acompañaba un señor de apariencia seria, un jefe de negociado en el Ministerio del Interior, a quien Héctor conocía por haberlo encontrado en casa de los Muffat. Fauchery creía que ella se llamaba señora Robert, una mujer honrada que sólo tenía un amante, nunca más de uno, y siempre un hombre respetable.
Pero tuvieron que volverse. Daguenet les sonreía. Ahora que Nana había triunfado, ya no se ocultaba y presumía por los pasillos. A su lado, el joven escapado del colegio no había abandonado su butaca debido al estupor en el que lo había sumido Nana. ¡Ésa sí era una mujer! Se sonrojaba y no hacía más que ponerse y quitarse los guantes maquinalmente. Luego, como su vecino había hablado de Nana, se atrevió a interrogarle.
—Perdón, señor ¿usted conoce a esa mujer que actúa?
—Sí, un poco —murmuró Daguenet, sorprendido y receloso.
—Entonces, ¿sabe su dirección?
La pregunta le pareció tan impertinente que le costó no contestarle con una bofetada.
—No —respondió en tono seco.