Nana
Nana Al otro extremo de la sala, con la nuca apoyada en el marco de un espejo, permanecía inmóvil ante su vaso vacío una joven de unos dieciocho años, como si le fastidiase una larga e inútil espera. Bajo los rizos naturales de sus hermosos cabellos cenicientos, tenía un rostro virginal, de ojos aterciopelados, dulces y cándidos; vestía un traje de seda verde desteñido, con un sombrero redondo que los golpes habían deformado. Bajo el frescor de la noche aparecía pálida.
—Mira, ahí está Satin —murmuró Fauchery al verla.
Héctor le preguntó quién era. Bah, una buscona de bulevar. Pero era tan pilluela, que divertía oírla. Y el periodista, levantando la voz, le preguntó:
—¿Qué haces ahí, Satin?
—Fastidiándome —respondió Satin, tranquilamente y sin moverse.
Los cuatro hombres, encantados, se echaron a reír.
Mignon aseguraba que no era necesario apresurarse; se necesitan veinte minutos para envarillar el decorado del tercer acto. Pero los dos primos, que se habían bebido su cerveza, quisieron subir, pues tenían frío. Mignon se quedó sola con Steiner se acomodó y le habló abiertamente: