Nana
Nana Mientras tanto, Mignon acababa de llevarse a Steiner al café Varietés. Al comprobar el triunfo de Nana, se puso a hablar de ella con entusiasmo a la vez que vigilaba al banquero por el rabillo del ojo. Lo conocía, y dos veces le había ayudado a engañar a Rose; luego, pasado el capricho, lo había recogido arrepentido y fiel. En el café, los numerosos consumidores se apretujaban alrededor de las mesas de mármol; algunos bebían de pie, precipitadamente y los grandes espejos reflejaban hasta el infinito aquella confusión de cabezas, agrandando desmesuradamente la estrecha sala, con sus tres lámparas, sus banquetas de hule y su escalera de caracol tapizada en rojo.
Steiner fue a colocarse a una mesa de la primera sala, que se abría al bulevar y cuyas puertas habían quitado, quizás un poco temprano para la estación. Cuando vio pasar a Fauchery y a Héctor de la Faloise, el banquero los detuvo.
—Vengan a tomar un vaso con nosotros.
Le preocupaba una idea; quería echarle un ramo a Nana. Al final llamó a un camarero, a quien llamaba familiarmente Auguste. Mignon, que escuchaba, le miró tan abiertamente que se turbó y balbuceó:
—Dos ramos, Auguste, y entréguelos a la acomodadora; uno para cada una de las señoras, en el momento apropiado, ¿no es eso?