Nana
Nana Labordette aún no pudo zafarse. Rose Mignon le había hecho una seña, y le daba sus órdenes mientras él escribía en un cuadernito. Luego le tocó el turno a Clarisse y a Gagá, que le llamaron para cambiar sus apuestas; habían oído palabras entre la multitud y ya no querían a «Valerio II» y preferían a «Lusignan»; él, impasible, escribía. Al fin pudo escaparse; se le vio desaparecer por el otro lado de la pista, entre dos tribunas.
Seguían llegando coches. Ahora se colocaban en una quinta fila, extendiéndose a lo largo de la empalizada en un absurdo amontonamiento, alterado el color aquí y allá por algunos caballos blancos. Más allá, se veían recuas de coches, aislados, como encallados en la hierba, y una mescolanza de ruedas y de troncos en todos los sentidos, uno al lado del otro, al sesgo, de través, de frente… Y en las zonas de césped que quedaban libres, trotaban los jinetes, y los caminantes formaban grupos oscuros, continuamente en movimiento.
Por encima de este campo de feria, entre la abigarrada muchedumbre, los puestos de bebidas alzaban sus tiendas de tela gris, que los rayos de sol blanqueaban. Pero la aglomeración, el hacinamiento de gentes, los remolinos de sombreros estaban en tomo a los bookmakers, quienes, de pie en sus carruajes descubiertos, gesticulaban como dentistas acerca de sus cotizaciones, pegadas en los altos tableros.