Nana

Nana

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—Dime, ¿qué caballos debo coger? —repetía Nana—. ¿A cuántos está el inglés?

—«Spirit» a tres… «Valerio II» a tres, igualmente… Luego todos los demás: «Cosinus» a veinticinco, «Hasard» a cuarenta, «Boum» a treinta, «Pichenette» a treinta y cinco, «Frangipane» a diez…

—No, no apostaré por el inglés. Yo soy patriota… Tal vez «Valerio II»… el duque de Corbreuse tenía el aire radiante hace un momento… Pero no. Después de todo… Cincuenta luises por «Lusignan». ¿Qué dices a eso?

Labordette la miraba con extrañeza. Ella se inclinó y le preguntó en voz baja, porque sabía que Vandeuvres le encargaba apostar por él en los bookmakers, a fin de jugar con más probabilidades. Pero Labordette, sin explicarse, la decidió para que se fiara de su olfato; él colocaría sus cincuenta luises tal como le decía, y seguro que ella no se arrepentirían.

—A los caballos que querías —exclamó ella riendo—, pero nada de «Nana»; eso es un penco.

Esto produjo un acceso de risa en el coche. Los jĂłvenes encontraban graciosa la frase; entretanto, Louiset, sin comprender, levantaba sus mustios ojos hacia su madre, cuyos gritos le sorprendĂ­an.


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