Nana
Nana Labordette se apeaba en aquel momento de una calesa en la que Gagá, Clarisse y Blanche de Sivry le habían reservado un sitio.
Cuando se apresuraba para atravesar la pista y entrar en el recinto del pesaje, Nana hizo que Georges lo llamara. Luego, cuando llegó a su lado, le preguntó riendo:
—¿A cuánto estoy?
Se refería a «Nana», su potranca, aquella «Nana» que se había dejado ganar vergonzosamente el Premio de Diana, y que en abril y mayo últimos no hizo más que clasificarse corriendo el Premio de los Cars y la Grande Poule des Produits, conquistados por «Lusignan», el otro potro de la caballeriza de Vandeuvres. De repente «Lusignan» había pasado a ser el favorito; desde la víspera se le cotizaba fácilmente a dos contra uno.
—Siempre a cincuenta —respondió Labordette.
—Caramba, pues no valgo mucho —replicó Nana, a quien divertía aquella broma—. Entonces, no juego. Ni hablar. No apuesto un luis por mí.
Labordette tenía prisa y se apartó, pero ella volvió a llamarle. Quería un consejo. Él, que se relacionaba con el mundillo de los preparadores y de los jockeys, tendría informaciones particulares sobre las caballerizas. Veinte de sus pronósticos se habían cumplido. Le llamaban el rey de los tipsters.