Nana
Nana Mientras, el césped se llenaba. Llegaban continuamente coches por la puerta de la Cascada, en una fila compacta, interminable. Eran grandes ómnibus: la Pauline había salido del bulevar de los Italianos cargada con sus cincuenta viajeros e iba a situarse a la derecha de las tribunas; luego las victorias y los landós, de una corrección soberbia, mezclados con viejos fiacres arrastrados por matalones, y los four-in-hand, tirados por sus cuatro caballos, y los mail-coach, con sus dueños arriba, en las banquetas, mientras en el interior los criados guardaban las cestas del champaña, y además, los tándems ligeros, finos como piezas de relojería, que desfilaban entre un ruido de cascabeles.
Un jinete pasaba de vez en cuando y una oleada de paseantes corría, azorada, a través de los carruajes. De golpe se percibía el rodar lejano por las alamedas del bosque, para amortiguarse en un sordo rumor no se oía más que el alboroto de la multitud creciente, los gritos y las llamadas, y los chasquidos de los látigos zumbando al aire libre. Y cuando el sol, bajo las ráfagas de viento, reaparecía al borde de una nube, corría un reguero de oro que encendía los arneses, los tableros barnizados y los ropajes, mientras en aquel polvillo de claridad, los cocheros, erguidos en sus asientos, parecían llamear con sus uniformes.