Nana
Nana Pero Georges, con un movimiento brusco, se adelantó a su hermano deseando tener la sombrilla de seda azul con franja de plata. Nana miró a uno y otro extremo con sus grandes gemelos.
—Sí, ya la veo —dijo al fin—. En la tribuna de la derecha, cerca de una columna, ¿verdad? Lleva un vestido malva, y su hija va de blanco, a su lado… Ahora Daguenet se acerca a saludarlas.
Entonces Philippe habló del próximo matrimonio de Daguenet con aquella percha de Estelle. Era cosa hecha, se hacían las amonestaciones. La condesa se oponía al principio, pero el conde, decían, había impuesto su voluntad. Nana sonreía.
—Ya sé, ya sé —murmuró ella—. Mejor para Paul. Es un buen muchacho y se lo merece.
Entonces se inclinó hacía Louiset.
—¿Te diviertes, di…? ¡Qué cara tan seria!
El niño, sin una sonrisa, contemplaba a toda aquella gente con gesto envejecido, como abrumado y entristecido por lo que veía. Bijou, fuera de la falda de Nana porque se movía mucho, se fue a temblar junto al niño.