Nana

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—A propósito —repuso Nana—, ¿conocen a un viejecito muy limpio y con los dientes cariados? Un tal señor Venot… Ha venido a verme esta mañana.

—¿El señor Venot? —exclamó Georges estupefacto—. No es posible. Ése es un jesuita.

—En seguida lo adiviné. Oh, no pueden imaginarse la conversación que tuvimos. ¡Qué graciosa…! Me habló del conde, de su matrimonio desunido, y me suplicó que devolviera la felicidad a esa familia. Muy fino, eso sí, y muy sonriente… Le he contestado que es lo que más deseo, y me he comprometido a devolver al conde a su mujer… No, no se trata de una broma. Estaría encantada viendo a esas gentes muy felices. Además, eso me aliviaría, porque la verdad es que hay días que me hastía.

Su aburrimiento de los últimos meses se le escapaba con aquel grito de su corazón. Además, el conde parecía tener grandes apuros de dinero; estaba preocupado, pues el pagaré firmado a Labordette corría el riesgo de no ser pagado.

—Precisamente la condesa está allá abajo —dijo Georges, cuyas miradas recorrían las tribunas.

—¿Dónde? —preguntó Nana—. ¡Vaya vista que tiene este bebé…! Ten mi sombrilla, Philippe.


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