Nana
Nana Se había puesto en pie para escoger un bookmaker de simpática figura. No obstante, en seguida se olvidó de su capricho, al descubrir una cantidad de conocidos. Además de Mignon, de Gagá, de Clarisse y de Blanche, estaban allí, a derecha e izquierda, en medio de la masa de carruajes que ahora aprisionaba su landó, Tatán Néné y María Blond en una victoria; Caroline Héquet con su madre y dos señores en una calesa; Louise Violaine sola, llevando ella misma una cesta engalanada con cintas de los colores de la caballeriza Méchain, naranja y verde; Lea de Horn en una banqueta alta de mail-coach, donde un grupo de jóvenes alborotaba ruidosamente. Más lejos, en un ocho luises de apariencia aristocrática, Lucy Stewart, con un traje de seda negra muy sencillo, ostentaba aires de distinción al lado de un joven alto que llevaba el uniforme de los aspirantes de Marina. Sin embargo, lo que más asombró a Nana fue ver la llegada de Simonne, en un tándem que conducía Steiner, con un lacayo detrás, inmóvil y con los brazos cruzados; ella estaba deslumbrante, toda en raso blanco listado de amarillo, cubierta de diamantes desde la cintura hasta el sombrero, mientras que el banquero manejaba un látigo inmenso, lanzando los dos caballos enganchados en flecha; el primero, un pequeño alazán dorado, con trote de ratón, y el segundo, un gran bayo moreno, un stepper que trotaba levantando las manos.