Nana
Nana —¡Vaya! —exclamó Nana—. Ese ladrón de Steiner acaba de limpiar una vez más la Bolsa… Simonne está tan elegante… Es demasiado; se la van a quitar.
Cambió un saludo con alguien que estaba lejos. Agitaba la mano, sonreÃa, se volvÃa, no olvidaba a nadie, para que la vieran todos. Y continuaba charlando:
—Pero el que va con Lucy es su hijo. Qué apuesto con su uniforme… Mira por qué se da tanto tono. Saben que le tiene miedo y que se hace pasar por actriz… Pobre muchacho; ni siquiera parece sospecharlo.
—Bah… —murmuró Philippe riendo—. Cuando a ella se le antoje, ya le encontrará una heredera en provincias.
Nana calló. Acababa de descubrir, en lo más intrincado de los carruajes, a la Tricon. En un fiacre, desde el que no veÃa nada, la Tricon habÃa subido tranquilamente sobre el banquillo del cochero.
Y desde allà arriba, con su noble rostro encuadrado en largos rizos, dominaba a la multitud y parecÃa reinar sobre un pueblo de mujeres. Todas le sonrieron discretamente. Ella, superior, afectaba no conocerlas. No estaba allà para trabajar, sino que seguÃa las carreras por placer, y porque era una empedernida jugadora que se apasionaba por los caballos.
—Vaya, ahà está el idiota de Héctor de la Faloise —exclamó Georges.