Nana
Nana Su presencia extrañó. Nana ya no reconocía a Héctor. Desde que había heredado, se había vuelto de una elegancia extraordinaria. El cuello de la camisa doblado, vestido con una tela de un color suave que se pegaba a sus delgados hombros, peinados con ricitos, afectaba una marcada indolencia, y con una voz blanda, con palabras del caló y frases que no se molestaba en concluir.
—¡Pues está muy bien! —declaró Nana, seducida.
Gagá y Clarisse habían llamado a Héctor de la Faloise, echándose a su cuello con ánimo de recuperarle. Las abandonó en seguida, alejándose con un balanceo burlón y desdeñoso. Nana le atraía, se fue hacia ella y subió al estribo del carruaje, y como ella le bromease acerca de Gagá, él murmuró:
—¡Ah, no! La vieja se acabó. Ni recordármela. Además, ya sabe que ahora es usted mi Julieta…
Se había puesto una mano sobre su corazón. Nana se reía mucho ante esta declaración tan inesperada y al aire libre. Pero replicó:
—Ahora no se trata de eso. Me hace olvidarme de mis apuestas. Georges, ¿ves a aquel bookmaker de allá abajo, el gordito rojo de cabello encrespado? Tiene una cara de granuja que me gusta… Irás a cogerle una apuesta… ¿Sobre cuál puede apostarse?