Nana
Nana La envolvía una simple gasa; sus redondos hombros, sus pechos de amazona, cuyas puntas rosadas se mantenían levantadas y rígidas como lanzas; sus anchas caderas, que se movían en un balanceo voluptuoso; sus muslos de rubia regordeta… Todo su cuerpo se adivinaba, se veía, bajo el ligero tisú, blanco como la espuma. Era Venus naciendo de las aguas y sin más velo que sus cabellos. Y cuando Nana levantaba los brazos, se advertía, a la luz de la batería, el vello de oro de sus axilas. Ya no hubo aplausos. Nadie volvió a reír los rostros de los hombres se alargaban, se les encogía la nariz y tenían la boca irritada y sin saliva. Parecía que un viento muy tenue hubiese pasado, preñado de una sorda amenaza. De repente, en la bonachona muchacha, se erguía la mujer inquietante, aportando la locura de su sexo, descubriendo lo desconocido del deseo. Nana continuaba sonriendo, pero con una sonrisa aguda, de devoradora de hombres.
—¡Caramba! —dijo simplemente Fauchery a Héctor.
Marte, mientras, acudía a su cita con su plumero y se encontraba entre las dos diosas. Allí había una escena que Prullière interpretó ingeniosamente; acariciado por Diana, que quería intentar un último esfuerzo antes de entregarlo a Vulcano; mimado por Venus, a quien la presencia de su rival estimulaba, se abandonaba a aquellas delicias con la beatitud de un gallo de mazapán.