Nana
Nana De un extremo a otro del césped, la discusión, cada vez más viva, del landó de Nana, parecía extenderse. Surgían voces chillonas, gruñía la pasión del juego, encendiendo los rostros y violentando los ademanes, mientras que los bookmakers, encaramados en sus coches, gritaban las cotizaciones y registraban cifras, enardecidos. Allí no había más que la morralla de los apostadores; las apuestas fuertes se hacían en el recinto de pesaje; aquello era un frenesí de pequeños bolsillos arriesgando míseros ahorros, con la esperanza de un posible luis. En resumen, la gran batalla se libraba entre «Spirit» y «Lusignan». Varios ingleses conocidos se paseaban entre los grupos como por su casa, el rostro encendido y ya triunfante. «Bramah», un caballo de lord Reading, ya había ganado el Premio el año anterior, una derrota que aún hacía sangrar los corazones franceses. Este año sería un desastre, si Francia quedaba nuevamente vencida. Así pues, todas aquellas mujeres se apasionaban por orgullo nacional. La cuadra de Vandeuvres se había convertido en el baluarte de su honra; se apostaba a «Lusignan», se le defendía y se le aclamaba.