Nana

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Gagá, Blanche, Caroline y otras apostaban por «Lusignan». Lucy Stewart se abstenía por causa de su hijo, pero corría el rumor de que Rose Mignon había encargado a Labordette que apostase doscientos luises. Sólo la Tricon, sentada al lado de su cochero, esperaba hasta el último minuto, fría en medio de las discusiones, siguiendo el murmullo creciente del que salían los nombres de los caballos, las frases vivas de los Parisienses y las exclamaciones guturales de los ingleses; escuchaba y tomaba notas con gesto majestuoso.

—¿Y «Nana»? —dijo Georges—. ¿Nadie apuesta por ella?

En efecto, nadie apostaba; ni siquiera se hablaba de ella. El outsider de la cuadra Vendeuvres desaparecía ante la popularidad de «Lusignan». Pero Héctor de la Faloise levantó el brazo y dijo:

—Tengo una inspiración… Apuesto un luis por «Nana».

—Bravo; yo pongo dos —dijo Georges.

—Y yo tres luises —añadió Philippe.

Y pujaron, haciendo su corte complacidos, lanzando cifras, como si se disputaran a Nana en una subasta. Héctor hablaba de cubrirla de oro. Además, todo el mundo debía apostar por ella; irían a recoger apuestas. Pero cuando los tres jóvenes se marchaban para hacer propaganda, Nana les gritó:


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