Nana

Nana

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—Ya saben, no apuesto por mí. Por nada del mundo. Georges, diez luises a «Lusignan» y cinco a «Valerio II».

Mientras, ellos se habían lanzado. Regocijada, los veía colarse entre las ruedas, meterse por debajo de las cabezas de los caballos y recorrer todo el césped. En cuanto reconocían a alguien en un carruaje, corrían a él, pujando por Nana. Y se oían grandes carcajadas circulando por entre la multitud cuando ellos, a veces, se volvían con cara de triunfadores e indicaban números con los dedos, mientras la joven, en pie, agitaba su sombrilla. Sin embargo, hacían un trabajo bastante pobre. Algunos hombres se dejaban convencer, Steiner, por ejemplo, a quien la vista de Nana conmovía, apostó tres luises, pero las mujeres se negaban en redondo. «Gracias»; era perder con seguridad. Además, no tenían prisa en contribuir al éxito de una cochina que las aplastaba a todas con sus cuatro caballos blancos, sus lacayos y sus aires de comerse el mundo. Gagá y Clarisse, muy indignadas, le preguntaron a Héctor si se burlaba de ellas. Y en cuanto a Georges, atrevidamente se presentó ante el landó de los Mignon, y Rose volvió la cabeza sin responder. ¡Valiente basura tenía que ser para dar su nombre a un caballo! Mignon, por el contrario, siguió al joven con aire divertido y decía que las mujeres siempre traen suerte.


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