Nana

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En el último instante una sorpresa conmovió a los apostadores: el alza continua de la cotización de «Nana», el outsider de la cuadra de Vandeuvres. Los señores volvían a cada instante con nuevas cotizaciones: «Nana» estaba a treinta, «Nana» estaba a veinticinco, luego a veinte, después a quince. Nadie comprendía aquello. Una potranca batida en todos los hipódromos, una potranca que aquella mañana ningún apostador quería a cincuenta. ¿Qué significaba aquel brusco cambio? Unos se burlaban, hablando de una bonita limpieza a los necios que se dejaban atrapar por aquella farsa. Otros, más serios, inquietos, olfateaban bajo aquello algo turbio. Había alguna treta. Se hacía alusión a historias, a robos tolerados en los campos de carreras, pero esta vez el prestigio de Vandeuvres paralizaba las acusaciones, y los escépticos lo arrastraban prediciendo que «Nana» llegaría la última.

—¿Quién monta a «Nana»? —preguntó Héctor.

Precisamente la verdadera Nana reaparecía. Entonces aquellos señores dieron a la pregunta un sentido sucio y estallaron en exageradas risas. Nana saludaba.

—Es Price —respondió ella.


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