Nana
Nana Y la discusión volvió a empezar. Price era una celebridad inglesa, desconocido en Francia. ¿Por qué Vandeuvres había hecho venir aquel jockey cuando era Gresham quien siempre montaba a «Nana»? Por otra parte, se asombraban al ver que confiaba «Lusignan» a aquel Gresham que no llegaba nunca, según Héctor de la Faloise.
Pero todas estas observaciones se ahogaban entre las bromas, los mentís y el alboroto de tantas opiniones contradictorias.
Se dedicaron a vaciar más botellas de champaña para matar el tiempo. Después se oyeron voces que se acercaban y los grupos se apartaron. Era Vandeuvres. Nana rugió que estaba enojada.
—Sí que es usted amable llegando a estas horas… Y yo que deseaba ver el recinto de pesaje.
—Pues venga —dijo él—, que aún hay tiempo. Dará una vuelta. Precisamente tengo una entrada de señora.
Y se la llevó del brazo, satisfecha ella ante las miradas de envidia con que Lucy, Caroline y las demás la seguían. Detrás de ella seguían los hermanos Hugon y Héctor en el landó, y continuaban haciendo los honores a su champaña. Ella les gritó que volvería en seguida.
Pero Vandeuvres, habiendo visto a Labordette, le llamó, y cambió con él unas breves palabras.
—¿Lo ha recogido todo?